martes, 14 de septiembre de 2010

Principios Rectores para llegar a ser Anciana


A lo largo de los años, Shinoda Bolen dice haber hecho un esfuerzo deliberado por decir la verdad. Dice que eso forma parte de la naturaleza de su trabajo como psiquiatra y analista junguiana. dice haber aprendido de Ángeles Arrien, antropóloga y escritora, que hay cuatro principios básicos para una vida armada sobre buenos cimientos: 1) Manifestar, 2) Prestar atención, 3) Decir la Verdad y 4) Desvincularse del Resultado (Bolen le llama a este último "Reza para que todo salga bien").
La vida me ha enseñado que, en realidad, desconozco qué es lo que les conviene a los demás. Cada persona tiene un destino propio, lecciones específicas que aprender y mitos personales que vivir, y que nosotros no podemos controlar, ni siquiera conocer, todo el potencial que se oculta tras ellor. Por eso, también yo me adhiero a los principios de Arrien.
La importancia de manifestar es radical. Nadie puede manifestar lo propio sino nosotros; no hacerlo, implica negar esa parte al universo y también desechar una parte de uno mismo. No pue
de ni debe hacerse. Poner atención a lo que sucede en el mundo, en la propia vida, en quienes nos rodean, es también un principio vital. De la atención depende la conciencia y de la conciencia, nuestra realización como personas y seres individuales, indisolubles, únicos e irrepetibles. Decir la verdad, con todo el dolor que pueda tener aquélla, es también una condición que no puede dejar de tener nuestro comportamiento. Los sucesos del mundo se dan frente a nosotros y nosotros adquirimos una responsabilidad frente a ellos. No parece posible incurrir en engaños para evitar lo que nosotros suponemos que será un sufrimiento al otro. Nuestro deber es expresar la verdad y ésta puede ser dicha sin hacer demasiados aspavientos, sin hacer un daño adicional. Desvincularse del resultado es el último principio rector. Muchas veces quedamos atados a las consecuencias que puedan tener nuestras acciones, como si ellas dependieran casi exclusivamente de nosotros, como si nosotros tuviésemos alguna cualidad divina para evitarlo. Desvincularse del resultado implica no involucrarse más allá de lo que la situación nos está pidiendo, abandonar el deseo de ser omnipotente y permitir que la vida y la sabia naturaleza que obre lo suyo.
Lo único que me parece predecible es lo impredecible que resultan los acontecimientos diarios.
El final de la etapa de anciana es un misterio o un velo que cada una de nosotras atravesará sola para dirigirse hacia algo o hacia nada. Pienso en las tres fases de la luna y en las tres etapas de la vida de una mujer: creciente, llena y menguante, y entonces advierto que la luna pasa por una fase final del ciclo; la luna menguante de la anciana va perdiendo definición, hasta que desaparece y se convierte en la oscura luna nueva. Esta oscuridad es el misterio final que sobreviene al final de la etapa de anciana de nuestras vidas.
Lo que hagamos en el terreno del alma durante la tercera etapa será, sin lugar a dudas, lo más importante. La sabiduría, la compasión, el carácter, lo que hagamos con la vida que nos dieron, lo que aprendimos, y aquello en lo que nos hemos convertido, todo eso importa. Sabiendo además, como incluso la ciencia confirma, que formamos parte de un universo interconectado en el cual el más ínfimo movimiento del ala de una mariposa puede influir realmente en el sistema entero, puedo imaginar que cada una de nosotras genera ondas de influencia a través de la persona que somos, de lo que hacemos, de si amamos y rezamos, y, que llegado el día, lo sabremos.

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