Las mujeres
adoptan posiciones radicales por su capacidad de compartir estados afectivos o
emocionales. No les cuesta nada imaginar y experimentar lo que sería sentirse
indefenso y ser víctima de malos tratos,
sentimiento que, incluso, empeora por culpa de la indiferencia de quienes podrían
cambiar las cosas. La realidad, en lugar de la imaginación, podría convertirse
en un espejo donde identificarse en un mundo en el que una de cada tres mujeres
es apaleada o violada en algún momento de su vida, y donde la violencia diaria
exige que las mujeres se muestren siempre alerta ante esta posibilidad.
Una anciana es
una mujer que ha descubierto su voz. Sabe que el silencio es consentimiento.
Esta cualidad precisamente es la que vuelve temible a las ancianas, porque no
es la voz inocente de una niña que exclama: "el emperador no lleva
ropa", sino la fiera sinceridad de la mujer madura, que es la voz de la
realidad. Tanto la niña inocente como la anciana ven a través de imágenes ilusorias
y negaciones, o bien, "dan un giro" hacia la verdad. Sin embargo, la
vieja conoce la decepción y sus consecuencias y eso la enfurece. Su fiereza
nace de su propio seno, le infunde valentía y la convierte en una fuerza
temible.

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