La mayoría de las mujeres se convierten en grandes expertas de las conversaciones que sirven para darse ánimos, práctica que en sí misma conduce a la superficialidad cuando, por lo general, las verdades incómodas o las diferencias de opinión no se pronuncian por una cuestión de educación. Decir lo que los demás desean oír, en lugar de lo que es cierto, se puede convertir en una segunda naturaleza. El desafío, que nos hará ancianas, consiste en aprender a mostrarse sincera y compasiva. La observación es el primer paso: escuchar de verdad lo que nos cuentan. ¿Acaso deseamos profundizar en la conversación? ¿Actuamos por educación o por cobardía? ¿Vale la pena intervenir en este momento? La sabiduría de la anciana interior está en saber cuándo hay que hablar y qué hay que decir.
La verdad es afilada: es un instrumento que puede causar dolor, heridas, desfiguraciones o amputaciones; o bien puede ser el escalpelo del cirujano que extrae un cuerpo maligno o reconstruye una cara destrozada, y con ello restaura la salud o la autoestima. Las mujeres tienen tendencia a ocultar la verdad a aquellos que más les importan emocionalmente, y, al actuar de este modo, alimentan y fortalecen sus debilidades. Si estás padeciendo una relación abusiva, no sólo permites que lo peor de la otra persona te oprima, sino que además refuerzas su comportamiento. La anciana que hay en toda mujer lo sabe. Escúchala, y decide no colaborar con el abuso. Sobre todo si proviene de un hijo o una hija, y esa mala conducta ha reorganizado este mal comportamiento. La anciana sabe cuándo sucede algo que debe afrontar.
Si escuchas a la anciana interior, tendrás que recordar el principio siguiente: «Hacer es transformarse»; es decir, al actualizar la conducta de la mujer madura, nos volvemos mujeres valientes y sabias. No querer que una amiga se sienta incómoda y ocultarle la verdad, no le va a servir de nada: las amigas se dicen la verdad.
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