En la Grecia
clásica, en los cruces importantes o en las encrucijadas más representativas de
la carretera, el viajero podía encontrarse con una estatua de Hécate, la diosa
de las encrucijadas, una imagen curiosa con tres caras, que simbolizaban su
capacidad de ver las tres direcciones a la vez. La diosa podía ver el sendero
que te había conducido hasta ella, y miraba hacia los dos caminos que podías
tomar. Era una anciana, cuyo símbolo también era el de la luna menguante. Es
asimismo una imagen de esa faceta sabia de nosotras mismas que ha aprendido a
partir de la experiencia y la observación, que escucha lo que sabemos
intuitivamente y que tiene en cuenta la realidad, a nosotras mismas y el
bienestar de los demás antes de actuar. Una mujer que se ha vuelto más sabia,
así como más madura, es consciente de hallarse ante una importante encrucijada
en el camino.

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