Las
ancianas confían en su instinto por
lo que respecta a personas y principios. Es una confianza que aumenta a medida
que una se vuelve más vieja y más sabia, es decir, que aumenta a partir del
aprendizaje de la vida. Una dolorosa lección tomada a pecho hace mella en
nosotras. La mujer madura se reirá con tristeza ante el agudísimo comentario de
Isabel Allende, que pone en boca de una abuela que sale en su novela La ciudad
de las bestias: «La experiencia era aquello que aprendiste justo después de
necesitarla». (¡Amén a eso!)
Al
revisar todo lo aprendido, son muchas las mujeres que se dan cuenta de que
apenas contaban con pistas que les sugirieran que estaban viviendo situaciones
potencialmente peligrosas, o bien que fueron impulsivas e irresponsables.
Incluso hay quien reconoce que mostró indiferencia frente a un sentimiento
incómodo, o hizo caso omiso de la punzada del miedo, y que en lugar de
mostrarse maleducada, alocada, esnob, interesada, egoísta o ignorante, eligió
convertirse en una víctima.
Una mala experiencia proporciona una buena dosis de
sabiduría a la mujer que se convierte en anciana: esto es una nueva forma de
discriminar a la mujer que no se ha vuelto más sabia gracias a la experiencia.
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