miércoles, 5 de junio de 2013

Escuchar más allá de lo que se dice


Escuchar más allá de lo que se dice



Por Liliana Bernal

Estoy sentada frente a ella, la luz del sol entra por la ventana e ilumina la habitación. Me cuenta que se separó, que su marido es un buen hombre, pero que se equivocó enamorándose de otra, que su madre no la entiende y que los consejos que le da no le sirven. Su madre le dice que siga con él, que esto se va a pasar y que todos los hombres de vez en cuanto la embarran. Me cuenta que ella se molesta cuando su mamá no la entiende. Me cuenta que le duelen los ovarios en la tarde y la cabeza todo el día.

La escucho y siento su dolor.

Me cuenta también que está pasando por un mal momento económico y que tiene que buscar trabajo, que no sabe que va a hacer. Que los niños están bien y que hacen preguntas en la noche a la hora de dormir, que ella no sabe contestar. Llora un poco y dice, menos mal que creo que Dios me pone esta prueba para que yo aprenda.

Y yo escucho.

Escucho su miedo a lo que viene. Escucho su rabia con el buen hombre. Escucho el duelo de su femineidad. Escucho su linaje, su madre, la madre de su madre y todas las mujeres que vienen detrás. Escucho el poder de su espiritualidad. La sabiduría de su cuerpo. Escucho su capacidad de sostener, su capacidad de elegir y escucho que le está dando lugar a su tristeza.

Escucho como mujer, como madre, como hija, como pareja, como colombiana, como cuentacuentos, como escritora. Escucho como coach.

¿Y cómo escucha un coach?

La Llegada

"El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera
y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.
Recibió una caracola:
- Para que aprendas a amar el agua
Abrieron la jaula de una pájaro preso:
- Para que aprendas a amar el aire
Le dieron una flor de malón:
- Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una botellita cerrada:
- No la abras nunca. Para que aprendas a amar el misterio."

Eduardo Galeano (Las Palabras Andantes)



Escucha con reverencia el misterio de su ser


Este escuchar reverencial es un acto de humildad y una apertura al misterio que el otro es. Dejo mi arrogancia afuera, la arrogancia de creer que lo que yo le voy a decir, le va a cambiar la vida. Yo no le voy a cambiar la vida. Soy una excusa en su vida para tener la conversación de lo que le importa en este momento.
A mi me gusta decir que “llegué tarde a la vida de mi coachee”, pues ya se casó, tuvo hijos, viajó, trabajó, etc… ¡y sin mi permiso!

El escuchar reverencial me permite escuchar cada aspecto de su relato con respeto, y me permite tener la liviandad de acompañar a otro en su búsqueda interior sin decidir yo el destino.


Escucha mas allá de lo que se dice

Escucho su cuerpo, mediante sus movimientos, sus tensiones, su flexibilidad, su apertura, sus diferentes respiraciones, su resolución, su centro, su voz, sus silencios, su estabilidad. Escucho sus cicatrices que revelan sus experiencias anteriores, la textura de su piel que me muestra cuanto sol ha recibido y cuantos años han transcurrido. También los movimientos que repite y los que no usa. Estoy atenta si se sienta en la punta de la silla o si se apropia de ella con todo su cuerpo. Escucho como lo viste, lo arregla o lo muestra.

Escucho sus emociones, la expresión de su alegría, su miedo o su rabia. Me doy cuenta de las emociones que aparecen cuando habla de lo que le importa, cuando su corazón late con su decir.  Escucho las emociones que predisponen sus acciones y sus elecciones. Escucho el resentimiento y la resignación. Escucho la emoción de lo que relata y la emoción con la que relata. Escucho la emoción desde donde cuenta ahora mismo sus emociones. Escucho su paz y sus ganas. Escucho si conoce el nombre de sus emociones o si tiene un solo nombre para todas ellas. Escucho la expresión de su erotismo, su ternura o su tristeza.
Escucho si la gratitud, el amor y la compasión son emociones que tiene a la mano o si puedo acompañarlo a que las recuerde.

Escucho con mis distinciones
 
Todas las distinciones ontológicas cobran vida en frente de mi coachee. Es el coachee el que les da vida y sentido, el que aviva la llama de la distinción. Escucho como pide, ofrece y promete mi coachee. Escucho los juicios que le impiden aprender y que llamamos bellamente “juicios maestros”, pues son los maestros, los que nos enseñan, de las barreras que invisiblemente impiden nuestro cambio o nuestro bienestar. Y también escucho los juicios que hacen del mundo dada su cultura, su linaje o su experiencia.


Escucho lo que declara para que el mundo lo siga y escucho lo que afirma para ratificar su mundo. Escucho las conversaciones que tiene con los que están a su alrededor, las que se atreve y las que no. Los temas que ocupan su discurso y los que están ausentes.


Escucho lo sagrado

Lo sagrado es aquello que es digno de respeto o de veneración. El coachee entonces, es sagrado para mi pues lo respeto y lo venero… sí, querido lector, sé que la palabra venerar trae recuerdos, aquí me estoy refiriendo a hacer una inclinación ante la divinidad que veo en el otro. Si alcanzo a ver esa divinidad, esa chispa divina en el otro, tengo asegurado un espacio de igualdad en la relación, sin que el otro sea más o menos que yo.

Considerar al otro sagrado le da la posibilidad de ser libre de mis juicios. Mi amigo Fernando, me dice que Carisma es ver la luz del otro. Entonces, escucho su carisma.
 
Escucho qué es aquello que mi coachee considera sagrado, lo que respeta y venera, sus límites e inquietudes morales, su creencia en lo que lo sostiene, sean las divinidades o el mismo.

Escucho los elementos que lo constituyen, su fuego, su aire, su tierra, su agua. Su relación con la tierra, con el ecosistema, el respeto por su propia naturaleza, por la naturaleza que lo rodea y su relación con el cosmos.

Y escucho lo sagrado de esta conversación que tenemos aquí y ahora.


Escucho la belleza

“La belleza en un tónico.
Nos hace revivir cuando sentimos morir,
nos arranca con facilidad de las pequeñas y grandes frustraciones de la vida.
Alimenta nuestra esperanza y nuestro deseo de soñar.
Nos ayuda y nos acompaña en nuestro camino.
De vez en cuando, nos ayuda a encontrarle un sentido a nuestra vida.
Como la música de Orfeo, no nos hace inmortales,
pero tiene el poder de transformarnos, lo cual no es poco”

Piero Ferrucci, (Belleza para sanar el alma)     

Escucho la belleza de un todo que se expresa en la conversación. La armonía o desarmonía que transitamos mientras conversamos. Me gusta decir que cuando no hay belleza no hay coaching.

La belleza es algo que los coaches ejercemos en el acto de hacer coaching. Un acto bello es un acto significativo y ambos, coach y coachee sabemos si estuvimos en su presencia. La belleza nos eleva, nos hace gráciles, nos aliviana y nos sostiene como si estuviéramos en la palma de la mano de una divinidad.

Escucho la belleza de lo ordinario y lo simple, de lo cotidiano. Sin las grandes pretensiones de algo extraordinario, la belleza puede emerger.


Este escuchar sabe esperar

Para que emerjan todos los aspectos del ser. No se apura, espera para que florezca ante nuestros ojos ese ser que emerge en una conversación transformadora. El coach hace lo que el jardinero que espera a que germine la semilla, espera a que salgan las hojas y luego la flor y en un rato mas los frutos. Y sólo cuida que no falte lo esencial.

Como coach espero con paciencia que mis juicios se acallen para escuchar con nitidez los suyos. Y espero a que lleguemos juntos a la profundidad del alma.


Escucho cuidando el contexto

Generamos los contextos donde la conversación se pueda dar, cuidando el entorno y cuidando la presencia, la mía y la suya.

El Contexto es lo que sostiene el texto. Escucho el contexto desde donde nos cuenta el coachee lo que le pasa, aquello que llamamos su discurso histórico, que contiene la cultura que impregna lo que nuestro coachee nos dice, nos trae a sus ancestros, a los que vinieron antes que nosotros y que todavía tienen voz en lo que hacemos y aprendemos.

Escucho el poder que tienen sus antepasados y las palabras sagradas que recibió para repetir a la próxima generación.


Escucho con liviandad

Mi liviandad amplia mi escuchar. Me permite ir con mi coachee a las profundidades y enfrentar sus sombras sin quedarme en ellas, invitándolo a iluminar su lado oscuro. Mi sentido del humor y mi sentido del amor danzan para que juntos traigamos la alegría, el gozo, la ternura y las emociones que hagan falta para reconciliarnos con lo que es doloroso.

Escucho conmigo

Escucho con todo mi cuerpo y mis emociones. Con mi presencia. Con mis ojos y mis oídos, con mi piel, mis tensiones, mis estados de ánimo, mis luces y mis sombras, con mi historia, mis vivencias, mis dolores, mis aprendizajes, mi ser, todas las mujeres que me integran, mi lado masculino, con mi intuición, el susurro de las voces que me precedieron, mi nacionalidad, el lugar donde crecí, todas mis diosas, todos mis dioses.

Sin mi, la conversación no es lo mismo. No es un halago a mi ego, es un llamado al valor de mi presencia, pues aunque soy una excusa para la conversación de mi coachee, también honro la coincidencia de estar presente en ese justo momento.

Te espero con el fuego encendido
Todo está listo para el baile
Mi corazón está preparado para tu presencia,
Las flores frescas,
La manta blanca,
La taza de hierbabuena,
Ambos danzamos.
Ambos nos transformamos.
Ambos somos uno.
El fuego sigue encendido,
Tu corazón ya sabe que no está solo.



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