Ayer nos juntamos las compañeras de colegio a
celebrar los 40 años de egreso. Cuarenta años, toda una vida. Y todas, las
mismas. Con sus mismas risas, con sus mismos temas, sus mismas vestimentas. Con
una diferencia importante: si alguna vez hubo alguna diferencia, ya no la hay.
Las que estaban más o menos incluidas en uno u otro grupo, ahora pertenecen sin
cuestionamientos. La que ha vivido más o la que ha vivido menos, está ahí,
presente para compartir el día a día, para volver a sentir ese amor sin preguntas.
Para volver a compartir ese estar en confianza indefinida…. Y reirse… de
aquellas cosas que se hicieron o se dejaron de hacer ayer o hace tanto tiempo…
Las amigas y compañeras del colegio son un
grupo de referencia muy importante. Es con ese grupo de personas con quienes se
fortalecen los vínculos afectivos que uno podrá tener o no tener más tarde. El
grupo del colegio constituye para siempre el cómo se comportará esa dinámica en
nuestras vidas. Ese grupo la constituye, al menos en el caso de las mujeres.
Para la gran mayoría, la vida de las mujeres
transcurre en la familia. Cuando uno, en estos encuentros, se pregunta cómo
estás y qué ha sido de tu vida, cada una espera que la respuesta sea: tengo
tantos hijos y tantos nietos; tantos nietos, de mis hijos y tantos nietos, de
mis hijas. La mayor se casó o se casó y se separó; el menor se casa o se casó;
tiene hijos o no los tiene, pero los tendrá próximamente. El mundo de las
mujeres transcurre en torno a eso, en torno a la familia, a los hijos y a los
nietos.
Y la vida social de las mujeres transcurre en
torno a lo que se realiza en los otros horarios, donde también se juntan las
amigas más cercanas y se reencuentran para conversar y hacer labores juntas.
Entonces uno muchas veces escucha que tal está viéndose con tal, porque se
encuentran en el taller que hacen de tejido, de bordado, de colage. Y si alguna
viaja, tendrá que traer esa seda maravillosa con la que se hacen unos telares
especiales que son tan importantes de poder regalar al momento de una fecha especial;
o esos hilos que sólo pueden comprarse en el Gran Bazar, así es que si alguien va, por favor recordar….
Las mujeres tienen estas vidas circulares en
torno a sus familias, a sus labores, a sus cocinas. Y tienen estas
conversaciones donde se pueden volcar los comentarios más insólitos o
personales sobre la mesa, porque serán recogidos uno a uno, con cuidado, con
afecto y contención. Y entonces todas opinan y todas callan y todas comentan y
todas respetan y todas apoyan.
Las reuniones de mujeres que se aman desde
siempre, porque van juntas desde las etapas escolares, son inimaginables para
los hombres, pienso yo. Porque existe solidaridad entre cada una de ellas y
cada uno de sus planes y sus situaciones personales. Estas reuniones son también
las instancias para que cada una aporte con lo que ha aprendido de especial,
con lo que sabe. Y es la instancia también para que otras conozcan o se enteren
de situaciones dolorosas que han acontecido entre la última reunión de amigas y
la que se realizará próximamente. Y entonces hay acuerdos construccionales; hay
ideas que se ponen en marcha en ese instante y redes que se tejen, para hacerse
útil a aquellas que necesitan una mano en este instante de la vida.
Las reuniones de mujeres que caminaron juntas
por todos los tiempos escolares, son como el oxígeno que nos recuerda que ese
es el grupo al cual pertenecen nuestras raíces afectivas y ahí es donde están
los orígenes de todas nuestras ramas. Y
en esos instantes, es como si cada una fuese un árbol de un gran bosque, que
detiene su quéhacer para saludarse, reconocerse y darse impulsos para
continuar desarrollándose en aquello que hace propio y es personal. Los encuentros
entre mujeres, que siguen juntas después de tantos años, son tan nutrientes….

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